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A velocidad del futuro

José Luis Brenes, fundador y director general de AutoNación, no describe su empresa como una comercializadora de autos. La describe como una apuesta permanente por estar un paso antes que el resto del mercado.

Por Redacción C&CAño 01 · Número 02 · Agosto 2026Publicado el 19 de agosto de 2026

Hay negocios que se construyen para vender autos, y hay negocios que se construyen para llegar primero a lo que viene. Este es el segundo caso: cinco marcas convertidas en un solo ecosistema, un catálogo que va del vehículo de trabajo al humanoide, y la convicción de que el futuro no se espera, se persigue. En esta conversación, la tecnología deja de ser un accesorio de venta y se convierte en la columna vertebral de todo lo que toca.

Todo o nada

La idea nació de juntar lo que normalmente vive disperso: venta de autos, refacciones, accesorios, seguros, crédito, todas las marcas bajo un mismo techo. Pero el verdadero origen no es logístico, es de época. “Si nosotros no nos subimos a este último vagón, nos vamos a quedar en la estación del tren.” La lectura es simple: la inteligencia artificial y la robótica van a cambiar más en los próximos tres años que en los últimos treinta, y la meta no es sobrevivir al cambio, sino ir a la cabeza de él.

Cuando el catálogo empezó a incluir vehículos sin demanda comprobada en el mercado local, los números decían una cosa y el instinto otra. La confianza, hoy, ya no se construye con una agencia en la esquina correcta de la ciudad; se construye en línea, y eso cambia todas las reglas a favor de quien se mueve primero.

El que no arriesga no gana, y arriesgarse significa comenzar.

El riesgo como método

No hay pionero sin margen de error. Pero el riesgo no es un salto a ciegas: antes de ser disruptiva, la idea se pone en una balanza. Si los costos son insostenibles a mediano o largo plazo, se detiene ahí. Si hay una probabilidad real de beneficio, se avanza sin mirar atrás. Esa es toda la fórmula: ni temeridad ni parálisis, un cálculo constante entre lo que se puede perder y lo que vale la pena intentar.

El humanoide en la banqueta

La comparación es suya: los primeros autos, a principios de 1900, también fueron vistos como juguetes sin propósito práctico. Hoy pasa lo mismo con la robótica. En cinco años, dice, los humanoides van a empezar a tener funciones reales —traer un vaso de agua, limpiar una casa, operarse a control remoto— y en diez, habrá al menos un robot en el 30 o 40% de los hogares del mundo. Ser pionero en este terreno significa cometer errores antes que nadie, y esos errores, cuando llegue la competencia real, ya estarán convertidos en ventaja.

En Puebla, sin embargo, ningún humanoide vendido se ha quedado en la ciudad. El mercado poblano es pragmático, dice, más concentrado en otras prioridades que en el entretenimiento tecnológico que sí domina en plazas como Sonora, la Ciudad de México o Jalisco. Es un dato que no esconde, y que usa para explicar por qué el siguiente movimiento no es una sucursal en cada ciudad, sino puntos de distribución bien colocados.

Un robot humanoide en exhibición: para José Luis, el mismo gesto de incredulidad que despertó el automóvil hace un siglo.
Un robot humanoide en exhibición: para José Luis, el mismo gesto de incredulidad que despertó el automóvil hace un siglo.

De Puebla al mapa completo

La matriz se queda en Puebla porque ahí nació la idea. Pero el siguiente paso, para finales de este año, es la Ciudad de México: un mercado de 25 millones de personas entre la capital y el Estado de México que, dice, es imposible de ignorar. La expansión ya está definida para la próxima década, y no depende de estar en todas partes, sino de estar en los lugares correctos primero.

A José Luis no le gusta la palabra error. Prefiere llamarlo curso, y el más caro le costó medio millón de pesos. “A veces pagas más en colegiaturas en la universidad.” Lo que marca la diferencia no es no fallar, sino no repetir el fallo: cada tropiezo se convierte en un ajuste de proceso, y esos ajustes acumulados son la razón por la que hoy pueden ofrecer algo que casi ninguna marca en México ofrece —entrega inmediata, sin la burocracia que ha ido acumulando la industria durante años.

Dos vehículos, una filosofía

Detrás de él, en el momento de la entrevista, había dos vehículos que resumen mejor que cualquier discurso hacia dónde apunta todo esto: uno eléctrico, de diseño radical, construido por uno de los empresarios más influyentes de su generación —un vehículo al que muchos llamaron un fracaso comercial, pero que obligó a toda una industria a dejar de ser lineal. El otro, un todoterreno de motor V8, símbolo de estatus, con dos décadas del mismo diseño y un sonido de encendido que no necesita explicarse.

Uno no hace ruido al arrancar. El otro es puro rugido. Uno representa lo que fue posible cuando alguien se atrevió a romper el molde; el otro, lo que siempre ha funcionado y probablemente seguirá funcionando. Tenerlos ahí, uno junto al otro, no es casualidad ni decoración: es la fotografía exacta de un negocio que aprendió a moverse cómodamente entre el pasado que respeta y el futuro que ya alcanzó.

Edición Agosto 2026

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